Filed under: Cine americano | Tags: Cine independiente americano, Extraños en el paraíso, Jim Jarmusch

Si se observa la vida de una persona y no ocurre aparentemente nada, ¿se puede encontrar algún tipo de placer? Cuando uno ve la película de Jim Jarmusch Extraños en el paraíso, inmediatamente, se hace esa pregunta. Extraños en el paraíso es especial porque resulta interesante sin que en la película ocurra algo realmente llamativo a primera vista. Los dos personajes masculinos, Willie y Eddie -John Lurie y Richard Edson respectivamente- no son ni guapos ni inteligentes. Más bien son todo lo contrario. No tienen ningún tipo de trabajo en particular y sus únicos entretenimientos son apostar en las carreras de caballos e ingerir comida basura. Willie y Eddie no son héroes: son personajes muy sencillos que deambulan sin ninguna meta fija vestidos como Belmondo en Al final de la escapada. Su vida es completamente gris.
El tercer personaje principal es Eva -Estzer Balint- una joven húngara, prima de Willie. Eva vuela a Nueva York con la esperanza de encontrar un nuevo mundo pero su viaje, como una de las primera escenas de la película en la que camina por los tristes suburbios neoyoquinos, resulta ser una tremenda ironía: el sueño americano es una falsa ilusión. Los EEUU son el lugar donde los sueños se hacen realidad, pero lo único que encuentra es la monótona y aburrida vida de su primo, que hace tiempo que olvidó su pasado europeo, y a su amigo Eddie.

Extraños en el paraíso muestra la vida de estos tres personajes en tres lugares diferentes. Primero en Nueva York y, un año después, en Cleveland y Florida. Aunque los personajes viajan, nada cambia como observa Eddie en un momento de la película. Los barrios neoyorquinos, los paisajes nevados de Cleveland o las playas de Miami Beach parecen ser exactamente el mismo lugar. Jim Jarmusch reflexiona así sobre la juventud, aunque nada verdaderamente interesante ocurra alrededor de estos tres jóvenes. Extraños en el paraíso indaga en las motivaciones de la juventud, pero resulta tremendamente difícil encontrar unos ideales definidos en los personajes de la película, especialmente en los masculinos. Eva, de algún modo, es más refrescante, pero sería un error describirla como una chica rebosante de alegría. No le gusta la ropa llamativa y no es algo fruto de la casualidad.
Aparte del comportamiento de los personajes, la película carece de argumento alguno sin que ello importe. Lo interesante de la película de Jarmusch es su habilidad para enseñar pensamientos post-adolescentes contradictorios como la sensación de que todo ocurre muy lentamente, aunque al mismo tiempo, se observa como la juventud se desaprovecha. Uno espera algo, pero no tiene ningún tipo de idea acerca de ese algo.
A pesar de que sea imposible olvidar algunos fotogramas en blanco y negro de Tom DiCillo, puede resultar costoso apreciar Extraños en el paraíso desde un primer momento. Sin embargo, cuando uno se decide a ver la película una segunda vez, poco a poco, crece un sentimiento de melancolía y, finalmente, se acaba encontrando belleza en la vida de unos personajes marcados por la nada. La observación de la manera de vestir de los personajes o de su actitud relajada acaba siendo un misterioso placer, aunque uno nunca soñó de pequeño con ser como alguno de los protagonistas de la película. Extraños en el paraíso es puramente humana y se muestra la vida como se puede pensar que es en determinados momentos: poco excitante pero, paradójicamente, bella. Una idea resumida a la perfección en el título original: Stranger than Paradise -más extraño que el paraíso-.

I am in love with Jean Seberg
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