Antes de comentar nada, me parece importante explicar los títulos para que se pueda entender mejor la idea central de mi trabajo.
El primero es una declaración de principios y un toque de atención a aquellos que intentan imponer dogmas e ideas preconcebidas. Éstos tienen que saber que no soy ninguna oveja que sigue los caminos dictados por ellos; tengo mis propios criterios y no sé si tendré alguna norma para crear lo que me apetece en cada momento. Este es el resultado de la confluencia de algunas ideas delirantes y de sueños no cohibidos, perpetrados en lugares tan inhóspitos para las musas y para la inspiración como son los retretes y las cocinas ricas en grasas saturadas.
El segundo título hace referencia a una anécdota ficticia. Hay un condenado a muerte, que en la próxima madrugada tiene que morir en la horca. Faltan 30 minutos para morir en el cadalso, le dicen, y tiene derecho a pedir su última voluntad. Renuncia voluntariamente a una cena vulgar, aunque exquisita, y a la ceremonia de fumarse un cigarrillo antes de su cita. Prefiere, en cambio, disfrutar sus últimos momentos desplazándose en su interior, intentando buscar un significado a su deplorable y mezquina existencia y apuesta por escuchar la música de un artista inclasificable, tan exento de suerte y desdichado como él mismo; consiguiendo en última instancia un hermanamiento con dicho autor y un motivo para entrar en paz en la eternidad: se decide a pedir el último disco de ese músico, se coloca los auriculares y así pasar a un universo exquisito de colores y sombras que le ayuden a cruzar sin discontinuidad la frontera de la muerte, esperando que ésta le guiñe un ojo primero y le seduzca después.
Después de haber aclarado un punto fundamental para comprender el quizás poco coherente universo que quiero exponer, empezaré diciendo que tanto la obra que voy a presentar, e incluso yo mismo, somos bastante eclécticos. Lo que hago es esencialmente musical, pero también puede en ocasiones atravesar esas fronteras, las trasciende, y situarse en una especie de escritura de textos acompañados siempre de música…porque éste es el terreno en el que mejor me muevo. Estos textos no me atrevo a clasificarlos como literarios, porque no me considero en absoluto un escritor. Me apoyo en las letras para poder imprimir un ritmo a las sensaciones sonoras. Busco el sonido de esas palabras y su fonética, más que el significado de las mismas; y la manera de que reaccionen con los sentidos primarios del espectador, intentando provocar una reacción instintiva más que racional. Lo que busco es una “patada” en el cerebro y un sentimiento irracional en el receptor. Me da igual que sea el llanto, la risa, el rechazo o la adhesión más absolutos. Tampoco me importa el idioma en el que cante, utilizo varios sin saber hablarlos. Simplemente los uso porque me gusta como suenan y el ritmo que pueden imprimir. Soy consciente de mi mala pronunciación…no me preocupa ni me altera lo más mínimo. Sé que no estoy en ningún examen; además para pronunciar bien ya están los cantantes estereotipados de la industria discográfica.
He descubierto hace poco, y me tranquiliza que haya sido bastante después de haber grabado estos dos discos, que Kerouac había grabado en el 1958, “Blues and Haikus”, un disco de sus poesías acompañadas por música de jazz. Los poetas beat solían acompañar la lectura de sus poemas con música, transformando la lectura en performance. Sé que no he descubierto nada nuevo, pero me alegra haber tenido, sin saberlo, las mismas ideas que Kerouac. Me consuela saber que otros autores como Jim Morrison o Tom Waits incluso, han probado esa misma fórmula; por supuesto cada uno en su estilo y con un lenguaje propio. Esto lo digo desde mi sencilla posición, Morrison y Waits son dos personajes demasiado importantes como para atreverme a citarlos de otra manera o compararme con ellos.
Ya he dicho que según Kerouac, ( otra vez él ), “hay una sugerencia de liberación de toda categoría rígida, de libertad total. Se aspira lograr la espontaneidad absoluta, que no sólo es típica del jazz sino que tambien responde al deseo budista de liberar al ser del razonamiento analítico”. Este escritor intentaba aplicar las técnicas de esa música en su escritura; me estoy dando cuenta, a medida que indago más en todo esto, que yo estoy recorriendo el camino inverso y quizás completando un círculo ( con esto no quiero sugerir algo pretencioso, sólo es una idea que se me ha pasado por la cabeza; lo más probable es que no sea tan significativo como a mí me parece; quiero recalcar que lo digo de la forma más sincera, honesta y más humilde posible ): me estoy basando en las premisas de esta forma de escribir para aplicarlas en la música que hago. Cada poema de “México City blues” ocupa una página. “Escribí la poesía tan rápido como la prosa, usando el tamaño de una página para la forma y el largo del poema, igual que un músico de jazz debe decir lo suyo dentro de un número determinado de compases…se debe terminar donde termina la página”, dice Kerouac. Bien, el método de grabación que utilizo con cierta asiduidad es limitar el tiempo de la canción de una forma predeterminada y voy rellenando esos espacios vacíos con lo que se me ocurre sobre la marcha, con ideas no pensadas previamente. No hago siempre esto, pero sí de vez en cuando; ¿ no es algo basado en la misma idea ?.
Me viene otra pregunta relacionado con todo esto. Utilizo automatismos para hacer las letras de estos temas, no me atrevo a considerarlos poesía, ¿ lo son ?. Son imágenes que salen directamente del pensamiento, puras y probablemente indisciplinadas. Son ideas directamente relacionadas con mi conocimiento, vivas y frescas, pero no sé si son algo más. Me preocupa y me inquieta bastante poco, sólo me interesa que provoquen alguna reacción. Joan Brossa dijo lo siguiente : ” no basta con escribir libros de versos para ser poeta. Es necesario entender la vida de otra forma, tener las antenas bien afiladas, el espíritu alerta…”.
“El blues nació en los Hollers, canciones negras de trabajo, improvisadas libremente, con libre asociación de ideas. Parecen ser una reflexión directa del estado anímico y de los sentimientos del cantante vertidos en un fluir de la conciencia. Los Hollers son expresiones vocales libres, casi sin forma”. Por otra parte, en “La consagración de la primavera” de Stravinsky, el ritmo adquiere una estructura lineal, sin repeticiones, se prescinde de las secuencias típicas que caracterizaban a toda obra ( introducción, tema principal…). Es tambien una ruptura de las formas. Lo mismo que la proposición para hacer un poema dadaísta de Tristán Tzara. Quizás todos estos ejemplos son distintas manifestaciones de una misma idea. Esto me ha sorprendido, porque caminos distintos y procedencias tan distintas parecen confluir en un mismo punto. Y me da la impresión que lo último que estoy haciendo va en ese sentido. Me pregunto muchas veces si la música que grabo tiene forma y si hay que seguir unas reglas para hacerla, para componerla. Quizás estoy encontrando un lenguaje propio… y quizás me estoy poniendo demasiado trascendente. Yo nunca he tenido unas pretensiones claras y siempre me he basado en el principio de que estoy en esto sobre todo para disfrutar, así que voy a dejar de plantearme tantas cosas, no vaya a perder la frescura y la inmediatez.
Bien, hablando de todo esto, me viene a la cabeza la cuestión de que alguien pueda creer que no sé de lo que estoy hablando. No voy a entrar en discusión porque cada de pensar lo que quiera…; quizás no debería considerarme músico, escritor, artista…vale, quizás soy un intruso que se atreve a corromper esos sagrados estamentos. La verdad es que muchas veces pienso que no lo soy, tengo dudas al respecto. En muchos momentos de mi vida no sé que considerarme: músico, profesor de ciencias; por supuesto, no soy escritor. Mi personalidad es una mezcla de muchos factores, que inciden en mi obra, y precisamente esto hace que la misma no tenga una continuidad o una coherencia determinada. Este es uno de los motivos por los que me gusta definirme como un “procesador de ideas”. Es un término más amplio y menos concreto, y me da una total libertad para hacer lo que me pida el cuerpo en cada momento sin atenerme a unas reglas prefijadas o a unas normas a seguir. Dejo que las imágenes que se me ocurren fluyan de forma desinhibida y espontánea, para que parezcan frescas y libres de toda atadura y de cualquier prejuicio; por eso me gusta ir hurgando poco a poco en los rincones y en las selvas del subconsciente e improvisar en cada uno de los temas que van saliendo. Hay que dar rienda suelta a las emociones que salen del inconsciente libres del yugo de la lógica y la razón. Vuelvo de nuevo a Kerouac, como a él, me gustan las “composiciones salvajes, indisciplinadas, puras, brotando desde abajo, cuanto más locas, mejor”. ¿Qué importa que un producto se considere artístico o no?. Lo esencial es que impacte en el receptor y lo conmueva de alguna manera, y no la etiqueta. Así que prefiero emplear mis energías en el mero acto de crear, sin interferencias de condicionantes de cualquier tipo y de falta de libertades ajenas al propio proceso de composición.
Arín Dodó
Nota: en los próximos días el maestro Arín Dodó irá colgando sus 12 maneras de evitar un idiota. Espero que lo disfruten.
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